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Del peluche a la pantalla plana

Aeropuerto de La Habana. Foto:m-x.com.mx

Una vez fueron los muñecos de peluche. Osos o perros de enormes orejas que al abrirse la puerta del aeropuerto de La Habana, venían sobre las maletas de los recién llegados. Muñecos que los padres, después de un viaje al campo socialista, traían como trofeo a los ansiosos hijos que habían dejado atrás. Símbolo de status de quienes podían salir de la Isla, esos juguetes representaban al mundo que se extendía al otro lado del mar y también al prometido porvenir.

Aquellos peluches dominaron parte de la década de los ochenta hasta que llegaron los radiocasetes. Entonces el botín más preciado que se podía alcanzar en una salida al extranjero, era uno de esos equipos de bocinas y botones. Sus felices propietarios los encendían desde la propia aduana y salían airosos, alardeando de su nueva adquisición que sonaba a todo volumen.

Ahora el nuevo objeto de culto de los viajeros son los televisores de pantalla plana. En cajas rectangulares y de vivos colores viajan estos emblemas de la modernidad. Plasma, LCD, LED, van a la cabeza de las tecnologías que más entran actualmente en Cuba a través del equipaje de los viajeros. Nadie sabe la cifra exacta de cuántos de estos equipos arriban cada día, pero basta echar una ojeada a la estera que traslada las maletas para verlos por doquier.

En el mercado ilegal los precios de estos televisores han caído casi a la mitad en el último año. Por un Samsung de 32 pulgadas, se paga menos de 380 CUC (unos 340 USD), incluido el transporte hasta la puerta de la casa. Mientras, en las tiendas estatales el precio puede ser el triple y apenas si logran vender algunas unidades al año.

Marco Polo a la cubana…

Richard es uno de los prósperos comerciantes de televisores. Tiene una red de “mulas” que se los traen directamente desde Panamá. En su mayoría se trata de ciudadanos cubanos con pasaporte español que pueden viajar sin restricciones de visado. Se desplazan también a La Florida, Nassau, Islas Caimán y demás países de la zona para comprar electrodomésticos que después revenden en la Isla. En un país con tanto desabastecimiento, cualquier producto traído desde el exterior puede dar dividendos.

“Oferto por catálogo, el cliente puede elegir lo que quiera”, se ufana Richard al describir su negocio. Un joven le pregunta si tiene también televisores de 3D, a lo que el hábil comerciante responde “¿De cuántas pulgadas lo quieres?”. A pesar de las restricciones para vender mercancías importadas, estos émulos de Marco Polo logran entrarlas al país y comercializarlas.

La mayor demanda la tienen los reproductores de audiovisuales. La casa puede tener el sistema hidráulico colapsado, el refrigerador vacío y los colchones con los muelles vencidos, pero en la sala, la mayoría de las familias, quiere colgar un TV moderno y delgadísimo.

En menos de tres décadas los aeropuertos cubanos han sido el escenario de una peculiar metamorfosis. La de un oso de peluche transmutado en equipo de música y luego en estas relucientes pantallas de píxeles y celdas.

Publicado originalmente en El país

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