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Trabajar con un jefe autoritario tiene sus lecciones positivas

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Lo primordial, es que la persona sea capaz de distinguir entre un jefe autoritario y uno que solamente quiere demostrar su fuerza y poder. Foto:sitioandino.com

Nadie dijo que trabajar con un líder autoritario fuera tarea fácil. Un responsable que responda al apelativo de "exigente" llevará al empleado que tiene a cargo al límite, le pondrá elevadas metas y esperará mucho más de él que cualquier otro.

Se trata de un comportamiento que podrá servir de aprendizaje al colaborador, ya que lo apartará de su zona de confort y lo enfrentará a retos, resume Noelia de Lucas, directora comercial de Hays España, en diálgo con Expansión.

"Auctoritas" vs "potestas"

Lo primordial, según el artículo, es que la persona sea capaz de distinguir entre un jefe autoritario y uno que solamente quiere demostrar su fuerza y poder.

"El primero será aquél que esperará que el empleado trabaje duro y alcance nuevas metas, pero reconocerá sus logros; el segundo suele ser fiel a la filosofía del 'ordeno y mando' y, cuando las cosas van bien se cuelga las medallas, mientras que tira la pelota afuera cuando las tareas no salen como deberían", describe al diario español José Manuel Casado, socio fundador de 2C Consulting.

Un mal jefe "puede llevar al empleado a estar quemado, y si el nivel de exigencia es inalcanzable puede incluso provocarle depresión profesional", advierte Montse Ventosa, presidenta de Truthmark.

Un líder que hace gala de su potestas y sólo refleja lo negativo "lo único que consigue de su staff es bloqueo", avisa De Lucas.

Esta actitud no sólo perjudica a los profesionales que trabajen para él, sino también a la empresa porque "aunque a corto plazo pueda cumplir ciertos objetivos, a largo corre el riesgo de destruir al equipo", sentencia Micaela Suárez de Tangil, manager de Page Personnel.

En las empresas, existen líderes que siempre exigen algo más del empleado. Responsables que lo sacan de su zona de confort porque saben que puede dar más. Si, además, reconocen sus logros, serán grandes motivadores.

Ya se sabe que, en la mayoría de los casos, los empleados no se van de su empresa sino de su jefe. Sobre todo si éste es de los que humilla y ridiculiza públicamente a aquellos colaboradores que no han estado a la altura de lo que él les pedía.

Tampoco es aconsejable sacar conclusiones precipitadas sobre el carácter del responsable, ni dejarse llevar por la opinión de otros compañeros, porque puede pasar que ese jefe en cuestión no sea tan malo como parece y sí alguien motivador que pide tanto a los demás como a sí mismo. Es más, muchas veces "son los peores empleados quienes consideran a su responsable excesivamente duro", recuerda Casado.

Para distinguir entre uno y otro es clave observar, pues normalmente cuando un jefe es bueno (aunque exigente) se pondrá a sí mismo altos objetivos, y no sólo al equipo; mientras que si simplemente quiere demostrar su superioridad no será todo lo duro que debería con su propio trabajo.

Cómo tratarlos

Convivir con un jefe exigente, que propone desafíos nuevos y respeta la consecución de objetivos no es sencillo. Pero hay algunos consejos que se pueden seguir para hacer de esta experiencia algo positivo.

Ventosa propone los siguientes: "No decir que sí a todo, ya que, al contrario de lo que pueda parecer, un jefe duro no quiere personas a su alrededor que le bailen el agua sino profesionales que le aporten diferencias y le ayuden a mejorar; prometer menos de lo que se pueda cumplir, para no romper los plazos; tener claros los límites, hasta dónde se está dispuesto a llegar y cuánto se está dispuesto a sacrificar para conseguir resultados; preguntar, pedir claridad y, si no sabes algo, no empezar a trabajar sin más, asegurarse de que se tiene toda la información necesaria para no perder el tiempo propio ni el del jefe."

Y añade: "Además, tratar de ofrecer feedback, ya que un responsable exigente valorará positivamente la percepción sobre él y sus métodos de trabajo. No olvidar ser altamente eficaz y comunicar abiertamente la labor que se está realizando, pero no alardear sino poner en valor el trabajo propio".

Un liderazgo de este estilo tiene beneficios para el supervisado: puede hacerlo mejorar como profesional, avanzar y desarrollarse en su puesto, aprender de sus errores y superar sus propios límites. Pero, advierte el artículo, no tiene que dejarse llevar por el Síndrome de Estocolmo, es decir, no hay que involucrarse emocionalmente.

De Lucas recomienda actuar con distancia para no llevar al terreno personal las llamadas de atención que se puedan sufrir en el trabajo, por ejemplo. "Si el empleado considera que se va a ver afectado psicológicamente, deberá analizar si lo compensa seguir o no, y tomar una decisión", sostiene este experto.

Fuente:Iprofesional

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